Enredados, pero no tanto

Enredados, pero no tanto

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.
El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.

Mt 13,44-52

Buen y bendecido domingo, familia.

Siguiendo con la serie de las parábolas, hoy Jesús nos dice que «El Reino de los Cielos es como una red que se arroja al mar y recoge toda clase de peces«.

Por el p. Julio Cura omv


Esta parábola nos ubica en la compleja realidad de nuestra existencia y es como otro aspecto de la parábola del trigo y la cizaña que vimos el domingo pasado puesto que ni la humanidad ni cada uno de nosotros en particular estamos exentos de las influencias del maligno, como ocurre hoy con el coronavirus, para poner un ejemplo.

Siempre hubo y habrá luces y sombras, actitudes y situaciones que dificultan y obstaculizan el proyecto de salvación y realización del Reino. En este sentido, la red es figura de la Iglesia y de la humanidad redimida por Cristo. Podría tratarse de una familia, una comunidad, un pueblo, una asociación, una diócesis, una parroquia, una escuela…

Hablo de espacios o ámbitos que congregan a toda clase de peces, o sea, a todo hombre o mujer llamados a vivir según la condición de hijos de un Dios que no hace acepción de personas y que quiere que todos se salven por su Hijo Jesucristo, a quien hay que escuchar y seguir para alcanzar la plenitud de la vida.

Junto a los buenos -que creen y esperan y que por eso se proponen vivir en la caridad según las exigencias de la justicia, de la verdad, de la paz, de la solidaridad con los más frágiles- coexisten también los malos, los operadores de iniquidad, los que siembran cizaña, los que obstaculizan o matan la vida, los que sistemáticamente ofenden, hieren o destruyen la imagen de Dios en los pequeños

En otras palabras, coexisten los peces buenos y malos.

Ahora bien, si trasladamos esta parábola a nuestra propia vida, que se nos ha dado como don y oportunidad, descubrimos que también nuestros corazones son como un mar que alberga toda clase de peces, buenos y malos que pugnan entre sí: propósitos buenos, inquietudes, iniciativas generosas y también contradicciones, egoísmo, inconstancia, miedos, dudas, desánimos, prejuicios…

Visto así, la parábola se convierte en un llamado a la conversión y al cambio de vida. Una invitación a reconciliarnos, entre nosotros y con los que navegamos en la misma barca.

Estamos transitando un tiempo de misericordia y de perdón. El Padre sigue haciendo llover sobre justos y pecadores, sigue teniendo paciencia.

Mientras tanto, el Hijo sigue golpeando a la puerta de cada corazón, esperando que le abramos y lo dejemos entrar para estar juntos y cenar con él (Ap 3,20). Nos invita a compartir el pan de la Palabra y la mesa eucarística. La vida -dice Jesús- es como una jornada de trabajo: nos invita a trabajar mientras es de día porque llega la noche y ya nada se puede hacer…

Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo y también se parece a un comerciante que busca perlas finas. Se trata de un hallazgo que podemos referir a la gracia de Dios, que es valiosa y nos sorprende en el momento menos esperado: la vida eterna está dentro de ustedes, nos dice san Juan.

Por eso, mientras es de día estamos llamados a buscar esa perla preciosa y ese tesoro escondido en nuestro corazón.

Y, para poseerlos, vendamos todo aquello que nos impide vivir en la libertad de los hijos de Dios: egoísmo, cálculos, autosuficiencia, miedo al qué dirán, perezas, cobardías….

Finalmente, como en la parábola del trigo y la cizaña, será el juicio, porque al fin del mundo, vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno ardiente, donde habrá llanto y desesperación«.

Nos anime y consuele saber «que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, … a los que destinó desde un principio a ser como su Hijo … para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que Dios destinó … también los llamó; y a los que llamó, los hizo justos, les dió parte en su gloria» (Rm 8,28-30).

María, que albergó en su seno a su Hijo Jesús, que es el tesoro escondido y la perla preciosa, nos guíe y acompañe en la búsqueda del reino de Dios y su justicia en la seguridad de que todo lo necesario para el camino se nos dará por añadidura. Amén.

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