Desde el Santuario te compartimos la palabra del Señor del día sábado 21 de marzo para que te puedas encontrar con el Señor, escucharlo y dialogar con él.

Si tenés tu biblia a mano, el texto es del evangelio de Lucas, capítulo 18, versículos 9 al 14.

Dice así:

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:
«Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.
Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’ Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

Esta es la palabra del Señor


Una bella historia nos entrega hoy Jesús; él ve el corazón de cada persona y conoce a fondo sus intenciones. Y esta historia nos habla de orantes con actitudes distintas, con estilos de vida que se presentan como contradictorios.

Jesús nos quiere con la conciencia limpia y serena.

Estos días son para orar. A veces nos puede parecer que orar es poco, que más bien hay que actuar, que no es tiempo de silencios, que hay que moverse, etc, etc, etc… Tantas cosas podemos estar sintiendo en estos días. El Señor las conoce.

Contale lo que estás sintiendo en tu interior, nos hace mucho bien decírselo.

Pero ¿cómo orar?

Mirándolo en vez de mirándome.

Escuchándolo en lugar de escuchándome.

Amándolo y dejándome amar por él.

La oración es un momento de amor, donde lo que cuenta es la presencia, mirarnos mutuamente, percibir que somos amados no porque seamos buenos o porque no tengamos nada para reprocharnos.

Somos amados y punto. Somos amados y siempre perdonados. Y si la conciencia nos reprocha algo, El es más grande que nuestra conciencia.

Por eso, si necesitás pedirle perdón, hacelo sin miedos ni falsas modestias. Hablá con él de eso que te preocupa y hacé silencio…


Señor Jesús, te amo.

Estoy con vos, en vos,

ante tu presencia

en pobreza y sencillez.

Esto es lo que soy, Señor.

Vos, que me conocés,

sabés de qué está hecha mi vida.

Hablá, Señor, que tu servidor, tu servidora te escucha. Amén.